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Aprendiendo a ser hombre entre los totonacos de Zihuateutla

Aprendendo a ser homem entre os totonacos de Zihuateultla

Learning to be a man among the Totonacos of Zihuateultla

 

 

Alfonso Hernández Olvera

Departamento de Investigación Educativa.

Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del IPN

aleste1580@gmail.com

 

 

 

Resumen: El presente documento sintetiza un estudio etnográfico realizado en el municipio de Zihuateutla, Zihuateutla Puebla, México. En el contenido, se analizan procesos de producción masculinos a travéz de la enseñanza y aprendizaje entre los varones totonacos en los oficios agrícolas y de tipo religioso, centrados en los temas de la honorabilidad, la adquisición de prestigio y la descripción de los medios de distinción identitaria que usan los varones para marcar la diferencia ante algunas mujeres y frente a otros varones.

 

El estudio permitió comprender que la producción masculina de los varones se aprende y se enseña a través de un proceso colectivo y dialéctico con la intervención activa de las mujeres, niños, niñas, abuelos.

 

Palabras claves: honor, prestigio, distinción, poder, masculinidad.

 

 

Resumo: O presente texto sintetiza um estudo etnográfico realizado no município de Zihuateutla, Zihuateutla Puebla, Mexico. Como conteúdo se analisam processos de produção de masculinidade através do ensino e aprendizagem entre os homens totonacos nos trabalhos agrícolas e religiosos, centrados nos temas de honradez, aquisição de prestígio e a descrição dos meios de distinção identitária que estes homens utilizam para marcar a diferença diante de algumas mulheres e outros homens. O estudo permitiu compreender que a produção masculina dos homens se aprende e se ensina através de um processo coletivo e dialético com a intervenção das mulheres, dos meninos, das meninas e avós.

 

Palavras-chave: honra, prestígio, distinção, poder, masculinidade.

 

 

Abstract: The present text summarizes an ethnographic study carried out in Zihuateutla, Zihuateutla Puebla, Mexico. The content of this work analyzes the processes of production of masculinity through teaching and learning among Totonac men in agricultural and religious works, centered on the themes of honesty, the acquisition of prestige and the description of the means of identity distinction that these men use to make a difference towards some women and men. The study made it possible to understand that the male production of manhood is learned and taught through a collective and dialectical process with the intervention of women, boys, girls and grandparents.

 

Keywords: honor, prestige, distinction, power, masculinity.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Citar este artículo:

 

Hernández Olvera, Alfonso. 2016. “Aprendiendo a ser hombre entre los totonacos de Zihuateutla”  Revista nuestrAmérica 4 (7) enero-junio: 46-60

 

 

 

 

I. Método y concepciones de cultura en masculinidad

 

En la investigación, se describe no solamente lo que socialmente se dice acerca del ser hombre, sino la identificación de representaciones y prácticas locales para hacerse hombre de honor que se construye desde un proceso de enseñanza y aprendizaje, en interacción constante, en referencia a diversos actores y en múltiples escenarios sociales hacia la consecución de un prestigio y distinción social como varón.

Algunos autores señalan que:

 

La masculinidad no es un sinónimo de hombres sino de proceso social, estructura, cultura, y subjetividad. No se trata de la expresión más o menos espontánea de los cuerpos masculinos sino de cómo tales cuerpos encarnan prácticas de género presentes en el tejido social. No son tampoco ideas que flotan en el aire y que fácilmente se descartan, sino esquemas que organizan el acceso a recursos, segregan los espacios sociales y definen ámbitos de poder (Connell 2003). Se trata de la historia que constituye posibilidades de sujetos, margina deseos y define identidades no inherentes a los cuerpos masculinos (Amuchástegui y Szasz 2007, 15-7).

 

Para el caso de la masculinidad de los varones totonacos campesinos, se desarrolla en una producción dinámica y de interacción sociocultural caracterizada por conocimientos y cosmovisiones que socialmente definen sus acciones. Se puede plantear que las prácticas y creencias entre los varones totonacos son un proceso aprendido y enseñado a través de la historia oral en múltiples escenarios, representaciones y prácticas, lo que sustenta parte del planteamiento de Berger y Luckman (1979) al referir que el lenguaje y la ideología funcionan como contenidos y medios para la reproducción y socialización del sistema social. En la reproducción y socialización del sistema social entre los totonacos, es notoria la exigencia a los varones para que demuestren comportamientos varoniles al desarrollar prácticas agrícolas y representaciones propias de la masculinidad que culturalmente se ha establecido en la sociedad totonaca. Al entender la masculinidad como proceso que se aprende y se enseña, es claro que no es estático y se va configurando en los cambios y continuidades sociales de los totonacos y con base en ello van reconfigurando la forma en que definen y ponen en práctica los comportamientos que socialmente permiten distinguir al ser y hacer de un varón.

 

En dicho proceso, los niños totonacos se involucran desde pequeños en actividades del hogar y en el ámbito agrícola, lo que les permite ir desarrollando conocimientos, habilidades, y participar en la constitución de un código de honor que dará paso hacia la adquisición del prestigio social por la capacidad de desempeñar cargos y oficios con reconocimiento social, así, se reproduce la internalización de la dominación masculina.

 

El proceso pedagógico que siguen los varones adultos en la producción de los nuevos varones de honor se desarrolla desde una enseñanza situada, es decir, la enseñanza no solo se basa en meras instrucciones, sino que los varones jóvenes aprenden ejecutando las actividades agrícolas, lo que implica una interiorización de la división genérica del trabajo. La asistencia de los niños a los campos de trabajo, es a veces en contra de su voluntad exigiéndoles que lo hagan para que vayan adquiriendo el estatus de hombres honestos. Lo importante es que los niños asistan aunque no trabajen, pero al menos que tengan la experiencia y si no fuera así, el comportamiento de los hijos se concibe como una desobediencia total. Los campesinos han advertido que cuando no se encauza la educación de los niños, llegan a ser violentos con sus propios padres, además de que desarrollan una actitud negativa hacia el trabajo. Por tal situación de violencia que adoptan los niños, uno de los campesinos recomienda que a los niños hay que orientarlos y llevarlos al trabajo desde pequeños:

 

…yo en mi caso, mi hijo yo lo estoy llevando aunque no trabaje. A veces dice -no quiero ir- no pero tú vas a ir yo le digo, me tienes que acompañar aunque no trabajes. Si lo voy a dejar, …el día de mañana ya no me va a obedecer, él va a querer hacer las cosas a su voluntad, no lo va a hacer, …si no le llamo la atención ya no lo va a hacer ya más grandecito. Desde pequeños, desde 6, 7 años decirles, o llevarlos aunque no trabajen, yo así le hago en mi caso, yo así le hago cuando los días este, libres que está mi hijo, que no estudia, los llevo a los dos a trabajar, ahí están conmigo aunque no trabajen y desde ahí tienen que agarrar, bueno, tiene que aprender a trabajar, como yo en mi caso así le hice, yo antes cuando estaba bien chico no trabajaba, pero desde ahí veía yo mi papá cómo le hacía las cosas, cómo trabajaba y desde ahí, aunque todavía no trabajaba pero ya veía yo.[1]

 

El segmento anterior, cobra importancia el sustento pedagógico del que dan cuenta los varones totonacos para la producción de hombres honorables y prestigiosos, al argumentar que el proceso de aprendizaje de los niños solo tiene sentido cuando se les coloca en situaciones laborales para que observen y desarrollen acciones concretas con un grado de dificultad mínima, propio de su edad, esta forma de abordar la educación de los niños contribuye a perfilar su honor como varones.

 

Por otra parte, los campesinos totonacos han dado cuenta de que la participación de los hijos en los procesos agrícolas no solo representa aprendizajes, sino que además es una contribución a la economía familiar. En consecuencia aparece una mentalidad monetaria a temprana edad en los jóvenes varones, lo que muchas veces provoca la inasistencia e incluso la deserción escolar. Así mismo, en este proceso de producción de los nuevos varones, aparecen hallazgos de reproducción de la pobreza en la sociedad totonaca debido a que los trabajos agrícolas son poco valorados económicamente en la región y los varones asumen dicha situación no solo porque les permite subsistir y sostener a sus familias, sino que básicamente en ella encuentran el fundamento de su prestigio social a través de una producción masculina en referencia con otros varones que también compiten por conseguir una distinción social cuando se asumen actividades ajenas y así mismo, cuando se desarrollan actividades en parcelas propias demostrando un buen desempeño y abundante producción en los cultivos.

 

Del proceso anterior, por parte de los varones, el asumir un rol de proveedores en la familia y su experiencia para desarrollar las actividades agrícolas les permite ir constituyendo identificaciones hegemónicas masculinas.

 

También es importante notar que el proceso de enseñanza y de la producción del honor masculino de los varones totonacos se constituye colectivamente, es decir, es labrado por diversos actores (padres, hermanos, abuelos, patrones, mujeres, amigos, etc.) quienes contribuyen en la triangulación del proceso de enseñanza aprendizaje. Ya que si pensamos la educación desde un triángulo social, una de las puntas marca la iniciación de los varones y las otras dos representan el horizonte abierto y amplio que ha de ir recorriendo el varón con la orientación de otros actores, pero siempre en la posibilidad de volver a pedir el respaldo y la retroalimentación del padre o de los abuelos.

 

En otro sentido, puede plantearse que el honor masculino entre los totonacos se produce a medida que los varones logran autonomía, desde un proceso dialógico para ir constituyendo su honorabilidad con base en reconocimientos y atributos ligados a capacidades y la demostración de comportamientos, por ejemplo, el respeto, el cumplimiento de la palabra empeñada y el apoyo que se ofrece a los demás, lo que permite afirmar que el ser varón honorable entre los totonacos se produce desde la mirada de los otros que otorgan reconocimiento y distinción.

 

Lo que hay que hacer evidente, es que en la sociedad totonaca de Zihuateutla, el tiempo se encuentra marcado en “20 días” cargados de un sentido mágico-religioso, los cuales celebran y ponen en práctica sólo las curanderas de la comunidad y esposas de los varones para fortalecer, guiar y regular la actividad de los varones en los diferentes espacios de la estructura social. Lo que da pie para plantear que la masculinidad de los varones totonacos se va produciendo con base en dichos tiempos en el sentido de que fortalecen, regulan y a la vez revitalizan y protegen la integridad de los varones mientras se encuentran desarrollando sus actividades laborales. Quiero subrayar que dicho planteamiento no se puede generalizar para otros grupos, ya que como se entiende en este estudio, la masculinidad es un proceso aprendido de muy diversas formas en los espacios sociales y tiempos específicos, y cada sociedad tiene una forma de representar y hacer que se logre el aprendizaje de la masculinidad:

 

Al situar la masculinidad dentro del género, Connell plantea que es una construcción social, histórica; por ende, cambiante de una cultura a otra, dentro de cada cultura en distintos momentos históricos, a lo largo del curso de vida de cada individuo y entre diferentes grupos de hombres de acuerdo con su clase social, raza o etnia. Al mismo tiempo, en tanto género, toda vez que estudiamos masculinidad debemos tener en cuenta las relaciones de poder (Minello 2002,19).

 

La masculinidad se sitúa en estructuras y a la vez en subjetividades, y su estudio debe dar cuenta de las relaciones de poder y dominio entre la sociedad totonaca. De las descripciones etnográficas hechas, es claro que varones y mujeres ocupan cargos y sitios físicos que se han establecido social e históricamente, y que algunas veces al traspasar dichos límites se producen conflictos entre varones y mujeres, pues se pone en duda la honorabilidad y prestigio de ambos.

 

La producción de la masculinidad de los varones totonacos implica asumir ritos de paso que incluyen el nacimiento y la muerte pero que se reproducen durante los diferentes ciclos vitales, particularmente en el trabajo agrícola y la sexualidad. Por ejemplo, para hacerse hombre, destacan esfuerzos de tipo físico soportando las inclemencias del tiempo durante el desarrollo de las actividades agrícolas y además, asumiendo prácticas de riesgo para sí mismo tal y como sostiene de Keijzer (2007) para marcar la diferencia de las mujeres y dejar en claro su esencia varonil. Una vez que alguien ha muerto, en la sociedad totonaca aparecen ceremonias y rituales religiosos que conducen al difunto hacia el inframundo y es el caso del “Li kotanun” (atardecer); “Tacheket” (lavatorio); “Tatimajat”/ (4 días) ó “Tatimajat tawa” (comida de los cuatro días); “A kuenta” (culpa), todas ellas con características particulares en las que a los varones y mujeres se les conmemora una vez muertos y a través del lak xoko (representante del muerto) se ponen en evidencia las faltas cometidas en vida, y claro está que ya no es posible sancionar, pero en el más allá (Kalinin) son juzgados por el misín (diablo) tal y como narran las propias curanderas, y reconoce Ichon (1990) en su estudio con totonacos, al señalar que el Gotiti (diablo) es dueño del Kalinin.

 

En el proceso por comprender los fundamentos de la producción de la masculinidad, destaca el ritual “A kuenta”, el cual está estrechamente ligado a la sexualidad de hombres y mujeres totonacos. Un ritual que es sinónimo de falta por haber sostenido relaciones sexuales fuera del matrimonio y este ritual se realiza con base al calendario totonaco de los 20 días totonacos el día de “ka pachichi”, un día maléfico debido a que hace referencia a la vida de los perros.

 

Esta práctica se desarrolla para los hombres y mujeres que han cometido faltas. Mientras no se realice el ritual, los muertos aun no pueden entrar al inframundo. Como parte del ritual que se realiza, se entierra un guajolote chico en donde se generó la culpa o en todo caso, se entierra un huevo de guajolote, además de la presentación de una ofrenda. Así mismo, señalan las curanderas que de no realizar el ritual, el muerto que tiene “a cuenta” o culpa, provoca enfermedades en la familia tales como la fiebre, diarrea, dolor de cabeza, infecciones en la piel y en los genitales, etc. hasta provocar la muerte tal y como narran las curanderas. Este ritual es una forma de identificar y demostrar públicamente la deshonra y desprestigio de algunos hombres y mujeres en vida, lo cual tiene consecuencias en la salud de los familiares del muerto.

 

Por lo anterior, los totonacos de Zihuateutla realizan donaciones y sacrificios de animales (pollitos y guajolote) para que los muertos atraviesen las puertas del inframundo. De no llevar a cabo los rituales, los familiares padecen enfermedades por las faltas cometidas por el que ha muerto. En cada una de las ceremonias y rituales, la producción masculina se hace evidente en el sentido de que los varones despliegan una serie de capacidades en funciones específicas como por ejemplo, el cortador de cabeza de guajolote, los músicos, el varón que elabora los collares de flores, coronas y xochipares y sólo ellos otorgan significado a sus prácticas y a través de ellas adquieren prestigio y distinción en la sociedad totonaca en Zihuateutla.

 

Por otra parte, para el caso de los cargos y oficios de tipo religioso se asumen respetando las ceremonias y rituales por parte de las curanderas, cortadores de cabeza de guajolote, los músicos y el capitán de danza, a través de la abstinencia sexual, el soportar los desvelos cuando los rituales son celebrados en la noche, el evitar el consumo de alcohol en exceso durante 12 días para no insultar a los participantes y entorpecer la actividad. Al final del ritual, a los varones se les pide que después de las ceremonias y rituales no entren a trabajar en los campos agrícolas de manera inmediata para no ensuciar el trabajo hecho, sabiendo que los dioses y espíritus son a priori superiores a los hombres (donantes) tal y como sostiene Godelier (1998). No cumplir con los requerimientos antes señalados, representa un insulto a los dioses o a los muertos por lo que las ceremonias y rituales no surten efecto y persisten las enfermedades o en su caso, habría que repetir el ritual. Ese acto, los totonacos le denominan “takjzajni”, porque a los dioses o muertos no les ha agradado la ofrenda y en consecuencia los varones pierden honorabilidad y prestigio social, lo que llega a representar una desconfianza por parte de la familia que había contratado los servicios ya sea de la curandera, el cortador de cabeza de guajolote o de los músicos.

 

En entrevista con los cortadores de cabeza de guajolote y del músico, han referido que se esfuerzan por conservar el honor y prestigio evitando el consumo excesivo de alcohol para no entorpecer las ceremonias y rituales y además, lo hacen con el propósito de garantizar futuras contrataciones como ellos mismos han narrado su propia experiencia.

 

Se puede plantear que los varones totonacos de Zihuateutla, van constituyendo sus trayectorias desde dos esferas, por una parte desde una práctica (agrícola y otros oficios) y en segundo lugar desde lo simbólico, es decir, en el ámbito de lo religioso y sagrado que motiva y da sentido a la primera, además de la vitalidad del espíritu y del físico. Ya que como se ha hecho notar en los registros, el poder que ostentan las curanderas permite fortalecer la práctica agrícola de los varones en el pedimento por la buena cosecha, el pedimento de la lluvia y el pedimento por la salud de los propios varones. Así mismo, la participación de los varones (cortadores de cabeza de guajolote, capitán de danza, músico) en diversos rituales, su intervención explica muchas veces que lo hacen para gestionar su propia salud y la de su familia ante los dioses, y así mismo, algunos capitanes de danza asumen el compromiso y aceptan danzar no solo para dar gracias, sino también ofrecer su pedimento al patrono del pueblo (San Manuel) por sus cultivos y actividades económicas.

 

De esta forma, se fundamenta que la masculinidad de los varones totonacos y su honorabilidad se encuentran entretejidas con el mundo de las mujeres por lo que no es aislada, es decir, es una construcción colectiva y dialéctica, porque el ser hombre se construye siempre en referencia a otros, quienes valoran, reprueban y aprueban el actuar del sujeto otorgándole los capitales simbólicos a través de demostraciones públicas, ya sea en el ámbito agrícola, demostrando conocimientos en relación a las condiciones de suelo, la preparación de las semillas o por la capacidad de ejecutar actividades agrícolas con calidad.

 

Esta forma de adquirir prestigio y distinguirse por parte de los varones totonacos es similar a lo que describen Hernández-Rosete et al (2008) para el caso de los grupos étnicos de Oaxaca y Michoacán al señalar que los varones ganan prestigio y distinción social a través de medios concretos como por ejemplo: “el robo de una mujer virgen y la migración son recursos de legitimación masculina porque otorgan prestigio, significan medios de distinción social que dan la pauta para marcar diferencias de estatus entre hombres de la misma localidad”.

 

 Por otra parte, volviendo al caso de los varones totonacos, el honor, el prestigio y la distinción se logran por los conocimientos y particularmente las creencias como por ejemplo la importancia de sembrar en luna llena, ayuda para que las plantas tengan un buen desarrollo, no se apolillen las semillas y se conserven por mucho tiempo antes de su consumo, además de que se garantiza una buena producción en los cultivos y, en consecuencia, representan una distinción para el varón por los resultados obtenidos de sus cultivos.

 

 

II. Aprendiendo a ser honorable

 

En este apartado merece importancia describir la forma en que los varones totonacos sostienen el honor. Retomando el planteamiento de Pitt-Rivers y Campbell (en Peristiany 1968) al definir el honor como el valor para sí mismo y para la sociedad. Para el caso de los totonacos, la honorabilidad y el prestigio social se instituyen en la palabra empeñada, lo que responsabiliza a los varones el cumplimiento de lo que se ha comprometido verbalmente. Además, el buen trato y el apoyo a los demás, constituyen el verdadero honor, prestigio y distinción social entre los varones totonacos de Zihuateutla.

 

Ligado a lo anterior, los varones totonacos también instituyen su honor y ganan prestigio por la dignidad e integridad de sus prácticas y representaciones locales sobre la forma en que ellos se definen como varones, marcado por su quehacer en los diversos cargos, oficios que desempeñan, y que como se ha mostrado en los registros etnográficos, dichos cargos y oficios muestran una leve diferencia de las actividades que desempeñan las mujeres por la fuerza física que presumen los varones, sin embargo, los propios varones han dado cuenta de que las mujeres tienen una participación activa en las actividades del varón como, por ejemplo, en la limpia de los terrenos de cultivo y en la cosecha de los productos, independientemente de las actividades que desarrollan en la casa.

 

Otro de los elementos constitutivos del honor masculino entre totonacos, se encuentra representado en el “deber ser” de un varón caracterizado por un comportamiento ético en diversos espacios sociales de interacción, lo que da pauta para otorgar o retirar el honor en la sociedad totonaca. Esto es evidente sobre todo en la muestra de respeto a los demás, el evitar el consumo excesivo de alcohol para no hacer el ridículo, el apoyo que se muestra en los trabajos agrícolas y sobre todo el cumplimiento de la palabra empeñada. Tal y como sostiene López Moya (1999) “el desempeño “adecuado” de la hombría en los distintos ámbitos de interacción, los hombres adquieren prestigio social como sujetos genéricos y, al mismo tiempo, defienden el honor de su familia”.

 

 

III. Poder, dominio y distinción masculinos. Elementos constitutivos del prestigio entre los totonacos

 

En este estudio se han hecho evidentes las relaciones de poder y dominación por parte de los varones totonacos. Para el caso de la organización, planeación y distribución de los ingresos económicos, los varones son quienes dirigen la mayor parte de los procesos agrícolas y dictan la última palabra a la hora de destinar los recursos económicos. Así mismo, en la sociedad totonaca el padre de familia hereda su nombre a su primer o último hijo, y además, le corresponde la entrega de la herencia familiar tal y como sostienen diversos autores (Pitt-Rivers 1968; Rojas 2006; Godelier 1986; y Ruz en Lerner 1998). Dicha honra permite a los varones obtener un reconocimiento social. Entre los varones totonacos de Zihuateutla es común heredar a los hijos varones su patrimonio que consiste en terrenos y casas, excluyendo a las mujeres, argumentando que ellas gozarán de los beneficios de la herencia de su esposo, lo que hace evidente el poder y la dominación de los varones en la distribución del patrimonio familiar.

 

Por otra parte, el uso de herramientas de trabajo y el acceso a sitios públicos reservado para los varones son formas evidentes de ejercer poder y dominio por los hombres hacia sus esposas, ya que reflejan contextos sociales estructurados en un mundo de relaciones de poder asimétrico caracterizado por acciones, objetos, en relación a procesos históricos. El ejercicio del poder basado en el control masculino, encuentra sentido porque las mujeres se hallan atrapadas en esquemas mentales que son producto de la asimilación de las relaciones de poder como lo ha planteado Bourdieu (2005). Bourdieu también sostiene que la mujer es copartícipe en la producción de los bienes simbólicos, lo que consolida la fuerza política, el poder y el prestigio del varón y ello es claro en la sociedad totonaca porque las mujeres desarrollan una multiplicidad de trabajos en el hogar y en el ámbito agrícola y que como sostiene Arconada (2008), la resistencia masculina a asumir sus responsabilidades en lo doméstico debe describirse como una estrategia premeditada para defender privilegios privados y para frenar la autonomía femenina en el diseño del propio proyecto vital. Dicha situación tiene que ver con los procesos culturales en los que se encuentran inmersos los totonacos y sus capacidades de asignar significados tal y como plantea Wolf (1987) al señalar que:

 

la naturaleza no da sus significados a las cosas; los hombres son los que los desarrollan e imponen, de lo cual se siguen varias cosas. Esta capacidad de otorgar significados, de “nombrar” (dar nombre) a cosas, actos, ideas, es una fuente de poder (Wolf 1987, 468).

 

De acuerdo a los registros etnográficos, los varones poseen el poder de otorgar significado a sus prácticas en el ámbito agrícola, y en la esfera de lo mágico religioso, las mujeres tienen el poder de otorgar nombre y sentido a las ceremonias y rituales, en las cuales los varones ocupan puestos de subordinación o aparecen como meros colaboradores. Es decir, que cada actor tendrá sus propios espacios de dominación en donde otorgan significado a las prácticas y defenderán dicho espacio ejerciendo el poder tal y como enfatiza Wolf (1987) al señalar que “una vez que se ha dado nombre a las cosas, se requiere poder para mantener en su sitio a los significados así generados”.

 

Uno de los hallazgos en la sociedad totonaca, es que los campos de cultivo y actividades agrícolas no son territorios exclusivos de la masculinidad, por lo que difiere del planteamiento de Keijzer (1998, 239) en su estudio con la población de Iguanillas donde afirma que “los terrenos de siembra son también territorios masculinos”. La práctica agrícola en la sociedad totonaca de Zihuateutla es un campo tanto de varones como de mujeres y niños quienes asumen actividades jerarquizadas y diferenciadas genéricamente que naturalizan las condiciones físicas y capacidades de ambos. En ocasiones, las mujeres tienen que soportar las inclemencias del tiempo y cargas similares a los varones a la hora de trasladar la cosecha del campo al hogar o al mercado sin ser reconocidas en términos de honorabilidad y prestigio. Independientemente de las posiciones que ocupen los actores (hombres, mujeres, niños y niñas) en el ámbito social, existe una influencia interpersonal para constituir su identidad. Por ello, a pesar de que los varones tienden a mostrar un mayor liderazgo y dominio en los procesos agrícolas, es evidente que la participación de las mujeres se hace fundamental para la constitución de la masculinidad, ya que como ha quedado demostrado en las descripciones etnográficas, las mujeres no solo asumen el cargo de educar a los hijos en el hogar, sino que además, su contribución en las actividades agrícolas, en la preparación de los alimentos, en la enseñanza de los hijos en la ejecución de actividades agrícolas, en la socialización de representaciones del deber ser de un varón a los hijos, en el mantenimiento y en la cosecha de los cultivos, entre muchas otras actividades, son definitorios para sustentar la producción masculina y reproducir el poder y dominio masculino.

 

En otro sentido, el poder y dominio masculino se ejerce entre varones cuando se establecen contratos de trabajo por un tiempo determinado entre patrón y trabajador (peón). Para el peón, implica tener las habilidades de negociación, de observación del terreno y de calcular bien el tiempo en que realizará el trabajo, ya que como han señalado los campesinos, los patrones llegan a aprovecharse de los peones asignando mayor actividad para realizarla en menor tiempo. Por ello, uno de los campesinos recomienda:

 

Hay que pasear en el terreno, hay que mirar bien el terreno cómo esta,  hay que calcular que tanto de tiempo puede hacer un peón en el trabajo en un día […] y sacas tú un cálculo todo el terreno que está y ya le pides lo que le vas a pedir, eso es todo…Pues hay que saber pedir, hay que saber, hay que observar, hay que pensar también, hay que mirar bien, observar bien para que el patrón no te engañe, porque los patrones son patrones y se quieren aprovechar de uno, pero hay que ser inteligente también en esos trabajos.[2]

 

Cuando el campesino refiere que “los patrones pueden aprovecharse de uno” tiene que ver con que asignen menos días para la realización del trabajo y él tenga que pagar menos y el campesino salga perdiendo y ejecute la actividad por más días, y por ello, hablaba de la importancia de recorrer, observar bien el terreno, identificando el grado de dificultad para la limpia, lo que garantizaría de alguna forma que el campesino no pierda.

Esta forma de interacción entre varones remite a cuestiones de defensa del honor y prestigio al asumir la responsabilidad de cumplir la palabra y de redoblar los esfuerzos para terminar la actividad en el tiempo establecido o mucho antes y así validar el honor y prestigio ante la familia, amigos y patrón que otorgó el trabajo.

 

Hay un hallazgo que destaca en este estudio y que se encuentra ligado a lo que plantea Godelier (1986) al describir el poder desde dos dimensiones: por una parte, los poderes heredados y, por otra, poderes merecidos. Para el caso de los varones totonacos, sus relaciones sociales se desarrollan desde las dos dimensiones antes citadas. En cuanto a los poderes merecidos, los varones lo ejercen en los distintos espacios de trabajo agrícola y la ejecución de algunos oficios como por ejemplo la peluquería, la ganadería, la carnicería, la construcción de casas, las asesorías que ofrecen los varones a sus vecinos en términos de medicina veterinaria. Además, destaca la confianza otorgada como uno de los medios para obtener prestigio y distinción social cuando se asumen cargos laborales en el terreno agrícola, para el compadrazgo y en los nombramientos para asumir cargos de representación comunitaria referente a lo escolar.

 

En cuanto a poderes heredados, destaca en la sociedad totonaca que algunos de los cargos y oficios ligados a lo mágico religioso tienen que ver con un sistema de parentesco, linaje y otros cargos serán conquistados para obtener una distinción social. Tenemos el caso de la función que desempeñan las curanderas, los organizadores del pedimento de lluvia, la actividad de los cortadores de cabeza de guajolote, los músicos y el capitán de danza quienes desarrollan dichos cargos con apego a un sentido de respeto a lo sagrado a la hora de desempeñarlos. Destaca, por ejemplo, que en el cargo de capitán de danza se conquista y se gana el prestigio social a través del gusto por la danza, el conocimiento de los sones, la ejecución de los pasos de la danza y de los rituales religiosos que implica asumir el cargo.

 

Una forma más en que los varones ejercen poder y dominio sobre las mujeres, es a través de la práctica de la poliginia. La poliginia tiene un referente histórico, ya que como señala Rosales (2006) “en términos de las relaciones de género la poliginia mostraba la jerarquía y el poder que los hombres ejercían sobre las mujeres”. Por su parte Chenaut (1997) confirma la práctica de la poliginia entre los totonacos de Papantla, Veracruz señalando que se desarrolla al margen de los estatutos legales después de revisar expedientes judiciales de divorcio entre los totonacos. Siguiendo el relato de uno de los informantes de Zihuateutla, la poliginia es parte de un orden social y cultural entre los totonacos y que como se aprecia en la descripción del informante, la forma en que sustenta su segundo compromiso conyugal es a partir de las condiciones sociales y geográficas de su trabajo agrícola. El caso del informante no es el único, ya que al menos se pueden identificar 4 casos más de poliginia en la región de Zihuateutla, así mismo, en la región de Huehuetla, Puebla, algunos informantes han dado cuenta de dicha práctica. Es importante mencionar que el ejercicio de la poliginia por parte de los varones es al margen de los estatutos legales lo que deja campo libre para la violencia sexual que ejercen algunos varones sobre las mujeres.

 

Por otra parte, respecto al ejercicio de la paternidad, es otro de los hallazgos que destacan las relaciones de poder y dominación entre hombres y mujeres debido a que una gran mayoría de varones no cargan en brazos ni con rebozo a sus hijos. Sólo algunos varones llegan a asumir responsabilidades en el cuidado y enseñanza de los hijos cuando sus esposas se encuentran realizando actividades fuera del hogar. En el paternaje también destaca que las representaciones de los padres y abuelos son definitorias para asignar las responsabilidades en las relaciones de género para las parejas más jóvenes. Y finalmente, en el ejercicio del paternaje se encuentra la reproducción del honor y la adquisición del prestigio cuando los padres encauzan y proyectan la masculinidad de los niños varones para tratar de garantizar su éxito como varones. Lo que no solo otorga una distinción al padre como buen educador, sino que también orienta la masculinidad de los hijos varones bajo criterios que social y localmente se han establecido sobre lo que es ser un hombre verdadero.

 

Considerando las descripciones anteriores, de los hallazgos importantes del estudio, es que los conocimientos en términos agrícolas y cargos de tipo religioso; en la experiencia para desarrollar el trabajo con calidad; la confianza que se otorga o recibe, ya sea ésta individual al sostener contratos entre patrón y peón, o colectiva al asumir cargos de representación popular; la palabra empeñada; el buen trato; el apoyo a los demás, dan cuenta de la honorabilidad, el otorgamiento del prestigio y de forma decisiva, significan medios de distinción que marcan la diferencia de estatus entre hombres de la misma localidad y que traspasa otras comunidades del municipio de Zihuateutla. Por otra parte, no debe dejarse de señalar que la realidad de la vida cotidiana de la sociedad totonaca, se encuentra marcada por prácticas de poder y dominación y es el caso de la poliginia y el poder hegemónico que ostentan los varones en la distribución de actividades y que son condiciones de legitimación masculina entre los totonacos.

 

Finalmente, es claro que las prácticas locales para hacerse hombre en la sociedad totonaca muestran una dinámica de transformación y continuidad social en los más jóvenes debido a la influencia de los medios de comunicación y el acceso a la tecnología digital, los varones más jóvenes empiezan a ejercer la masculinidad de una forma un tanto más equitativa, sin embargo, es importante aclarar que dicho hallazgo no fue profundizado en este estudio y que es un tema central que habría que indagar sobre las formas en que los varones totonacos están construyendo y ejerciendo una masculinidad que pese a su aparente dimensión unidimensional, puede ser constitutiva de un proceso de construcción históricamente compartido con las mujeres.

 

 

 

 

Referencias

 

Amuchástegui, Ana e Ivonne Szasz (coord.). 2007. Sucede que me canso de ser hombre… Relatos y reflexiones sobre hombres y masculinidades en México. México: El colegio de México, Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales, Programa Salud Reproductiva y Sociedad.

 

Arconada Melero, Miguel Ángel. 2008.La responsabilidad de los hombres en el trabajo doméstico: ¿Tradición o justicia?”. Revista La Manzana. Imaginarios sociales III (6), octubre-diciembre: 1-10. Consultado el 22 de mayo de 2012 en: http://www.estudiosmasculinidades.buap.mx/num6/domestico.html.

 

Berger,  L. Peter  y Thomas Luckmann.1979. La construcción social de la realidad. Argentina: Amorrortu.

 

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[1] Entrevista con campesino del municipio de Zihuateutla, varón totonaco, 38 años, 2011.

[2] Entrevista con campesino del municipio de Zihuateutla, varón totonaco, 31 años, 2011.



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